Aprender a expresarse: del miedo a molestar a los primeros límites
La sesión comienza revisando cómo se ha encontrado el paciente durante la semana. Explica que no se ha sentido bien y que apenas ha puesto en práctica los ejercicios propuestos. La psicóloga plantea que haber abordado recuerdos y emociones difíciles en la sesión anterior podría haber influido en su estado de ánimo.
A partir de ahí, la conversación se centra en su dificultad para mirar hacia sí mismo, compartir lo que siente y defender sus necesidades.
La dificultad para dejarse conocer
El paciente cuenta que, al escuchar un podcast en el que varias personas afirmaban conocer muy bien a otra, se preguntó si alguien podía decir lo mismo de él.
Reconoce que rara vez habla de su mundo interno y que le cuesta detenerse a explorar lo que le ocurre. Esta dificultad le lleva a pensar que los demás no pueden conocerlo en profundidad porque él mismo no suele abrirse.
«¿Cómo me va a conocer la gente si yo no me abro?».
Al profundizar en este bloqueo, vuelve a mencionar una experiencia del pasado en un local, que continúa viviendo como una humillación. Explica que le cuesta dejar de reprocharse no haber podido defenderse y teme que, ante una situación parecida, su respuesta actual no fuera muy diferente.
La psicóloga plantea que aquel episodio pudo actuar como un detonante, pero que la dificultad para expresar el malestar podría venir de antes.
Las burlas de la infancia y el silencio
Retoman la tarea de preguntar a su madre por algunas experiencias de la infancia.
El paciente cuenta que su madre le explicó que solían utilizar ropa heredada de sus hermanos mayores. También le habló de una ocasión en la que había contado a una tía abuela que otros niños se reían de él.
Lo que más le sorprende es haber podido compartir ese malestar con otra familiar y no con su madre. Se pregunta por qué no parecía contemplar la posibilidad de acudir a ella.
La psicóloga explora si en casa podía existir una dificultad para expresar ciertas quejas, especialmente cuando implicaban problemas con otras personas.
El paciente introduce un matiz: sí se quejaban de cuestiones cotidianas, como el frío o la comida. Sin embargo, cuando el malestar tenía que ver con algo que otra persona había hecho o dicho, percibía una tendencia a callar.
Durante la sesión se diferencia entre:
- Expresar una incomodidad cotidiana.
- Contar que alguien ha hecho daño.
- Pedir apoyo ante un problema.
- Reclamar o defenderse frente a otra persona.
El paciente relaciona esta forma de actuar con la de su madre y considera que pudo aprender de ella a guardar silencio ante los conflictos interpersonales.
Aclara, no obstante, que no conserva recuerdos precisos de las burlas relacionadas con la ropa. Parte de la información procede de lo que su madre le ha contado. Lo que reconoce con más claridad es la sensación de que se reían de él como persona.
«No puedo protegerme»
La psicóloga propone una posible conexión entre las experiencias de burla, la dificultad para hablar de ellas y una creencia que ya había aparecido en sesiones anteriores:
«No puedo protegerme».
Se explora cómo algunas situaciones actuales, como que alguien se cuele delante de él, podrían activar una sensación de vulnerabilidad parecida a la de aquellos recuerdos.
Para describirlo, la psicóloga utiliza la imagen de una parte infantil que vuelve a sentirse desprotegida. El paciente se identifica con esa explicación y comenta que siente que algunos aspectos de su vida han quedado bloqueados.
El trabajo se orienta a reconocer lo que necesitó entonces y a explorar qué recursos puede desarrollar ahora para expresar su malestar y defender sus necesidades.
Estas conexiones se plantean como hipótesis de trabajo, teniendo en cuenta que algunos recuerdos son imprecisos.
El vínculo con su madre y los procesos de cada uno
El paciente pregunta si podría ser útil trabajar junto con su madre. Explica que, al relacionar parte de su malestar con el apoyo que sintió que le faltó, había pensado que abordar esa relación podría ayudarle.
La psicóloga propone centrar su proceso en fortalecer sus propios recursos como adulto. También plantea que, si su madre quisiera recibir ayuda, tendría sus propias experiencias y dificultades que explorar.
El paciente expresa preocupación por ella. Cuenta que en ocasiones la anima a realizar otras actividades cuando considera que pasa demasiado tiempo viendo vídeos o permaneciendo en casa.
Reconoce que esta preocupación puede estar relacionada con el acompañamiento que él mismo siente que necesitó.
La psicóloga señala que puede apoyarla y animarla, aunque la decisión de iniciar cambios le corresponde a ella.
También conversan sobre si verla aprender a defenderse podría ayudarle a modificar sus propias creencias. Se plantea que observar cambios positivos podría resultar motivador, pero que la ausencia de avances en ella no demostraría que él tampoco puede mejorar.
Se distingue entre acompañar a un familiar y asumir la responsabilidad de su cambio. Los procesos de ambos pueden tener ritmos diferentes.
Abrir un camino diferente
El paciente expresa dudas sobre su capacidad para cambiar después de tantos años reaccionando de una manera parecida.
La psicóloga utiliza la metáfora de un río para explicar el aprendizaje de nuevas respuestas. El cauce habitual representa las formas de pensar y actuar que se han repetido durante mucho tiempo. Practicar otras respuestas se compara con abrir un camino alternativo que puede ir ganando fuerza con la repetición.
El paciente comprende la idea, pero identifica una dificultad central: empezar a actuar de otra manera le resulta incómodo.
Reconoce que desea sentirse mejor, aunque teme no ser capaz de afrontar lo que implica el cambio.
La psicóloga señala que haber buscado ayuda refleja una disposición inicial a explorar otras posibilidades. También insiste en que el proceso debe respetar sus tiempos.
Trabajar el pasado y practicar en el presente
Durante la sesión se plantea continuar explorando las experiencias que podrían estar relacionadas con su sensación de desprotección.
La psicóloga menciona la intención de trabajar con EMDR sobre algunos recuerdos que ya han identificado. Se trata de una intervención prevista para próximas sesiones, no realizada durante esta conversación.
Al mismo tiempo, propone acompañar el trabajo sobre el pasado con pequeños cambios en la vida cotidiana.
La intención es que el paciente pueda empezar a vivir situaciones en las que exprese lo que necesita y observe qué ocurre cuando establece un límite.
También se habla de que el proceso puede incluir avances, momentos de mayor malestar y periodos de aparente estancamiento. La evolución no se presenta como un recorrido lineal ni limitado al tiempo de consulta.
Descansar, evitar y aprender a escucharse
El paciente introduce otra preocupación: encontrar un equilibrio entre exigirse demasiado y abandonar una actividad en cuanto aparece una molestia.
Cuenta que su madre suele animarlo a descansar cuando se encuentra cansado o enfermo. Reconoce que eso puede ser adecuado, pero teme detenerse con demasiada facilidad ante ciertas dificultades.
La psicóloga propone observar lo que ocurre en cada situación para diferenciar entre:
- Necesitar descanso.
- Evitar algo por el malestar que anticipa.
- Elegir una pausa de forma consciente.
- Posponer habitualmente una actividad que desea realizar.
Utilizan como ejemplos el tiempo dedicado al teléfono móvil y la dificultad para mantener una rutina de ejercicio.
La conversación se centra en cómo la comodidad inmediata puede entrar en tensión con otros objetivos personales. A partir de estos ejemplos, vuelven a la dificultad para expresar desacuerdos y establecer límites.
La incomodidad de empezar a cambiar
El paciente reconoce que lo difícil no es únicamente aprender una respuesta nueva. Esa respuesta también entra en conflicto con sus creencias sobre no molestar y llevarse bien con los demás.
Expresa así su ambivalencia:
«Quiero cambiar, pero como que en el fondo no quiero cambiar porque eso es muy incómodo».
La psicóloga le propone reflexionar sobre esa tensión durante la semana. Le transmite que el trabajo se ajustará a su ritmo y lo anima a probar con pasos pequeños.
No se plantea una transformación inmediata, sino la posibilidad de ensayar conductas concretas que le permitan expresarse.
Expresarlo sin tener que controlar el resultado
Como ejemplo, retoman la posibilidad de decirle a alguien que se ha colado.
El paciente aclara que su objetivo no sería discutir ni conseguir necesariamente que la otra persona rectifique. Lo que quiere es poder señalar lo que ha ocurrido.
«No es el objetivo conseguirlo, sino expresarlo».
Esta distinción se convierte en uno de los puntos centrales del cierre: puede trabajar en dar voz a su desacuerdo, aunque no controle la reacción de la otra persona.
El avance que se propone consiste en expresar un límite de forma respetuosa y reconocer su derecho a hacerlo.
Propuestas para la siguiente semana
Al finalizar, el paciente comenta que hablará con su madre sobre la posibilidad de que ella también reciba ayuda psicológica, si desea hacerlo.
También explica que ha empezado a incorporar una breve meditación por las mañanas, con la intención de dedicar un espacio a prestar atención al presente.
Como líneas de trabajo, quedan planteadas:
- Reflexionar sobre la incomodidad que asocia al cambio.
- Observar cuándo calla por miedo a molestar o generar conflicto.
- Probar alguna expresión breve de desacuerdo en una situación cotidiana.
- Diferenciar la necesidad de descansar de la tendencia a evitar.
- Respetar los tiempos de su proceso y mantenerlo separado del de su madre.
La sesión se orienta a comprender cómo las experiencias de burla, los aprendizajes familiares y el silencio ante el malestar podrían estar relacionados con su dificultad actual para defenderse. A partir de esa exploración, se propone comenzar a practicar nuevas formas de expresarse, mediante límites pequeños y respetuosos en situaciones cotidianas.