Durante mucho tiempo he pensado que lo que me pasa es simplemente las consecuencias de un trauma, algo que ocurrió a los trece años, y que desde entonces me dejó marcado. Pero analizandolo bien, la historia es más larga que eso, y que en realidad estoy repitiendo, sintiendo y viendo el mundo (sin quererlo así) de la misma forma de ver que tiene/tuvo mi madre, un miedo que ella cargaba desde su propia infancia y que, sin que ninguno de los dos lo eligiera, terminó pasando de ella a mí.
De pequeño, yo sí me sentía importante, sí me sentía conectado con los demás, y esa sensación era realmente agradable: sentía que pertenecía, que la gente disfrutaba de mi compañía tanto como yo de la suya, que mi forma de ser, graciosa, abierta, curiosa, era bien recibida allá donde fuera (Con matices siempre).
Esa conexión, me ayudaba de verdad, me hacía sentir seguro en el mundo. Pero incluso desde la niñez, ocurrieron varias cosas.
Por ejemplo, lo del pueblo al que ibamos en verano, cuando de un año para otro dejé de querer ir sin que nada malo me hubiera ocurrido allí. Fue el primer síntoma de que algo estaba cambiando dentro de mí: me encantaba lo que veía, participar de esa vida rural, de esa gente, pero empecé a sentirme como un espectador que no podía participar del todo, como si estuviera viendo una serie de televisión desde fuera, y eso me daba coraje, aunque en ese momento no entendía bien por qué. Y no encuentro otra razón de que ese miedo entró en mí a través de lo que mi madre repetía sobre aquel pueblo, sobre la envidia de la gente, sobre que no éramos bienvenidos, y aunque a mí nunca me había pasado nada malo allí, esa idea se instaló de todas formas en mi mente y emociones.
De todas maneras, en el pueblo en el que vivia, sucedía algo parecido.Con los años intenté salir a la calle, formar parte de distintos grupos de amigos, pero nunca terminé de conseguirlo del todo, porque ese miedo de fondo, la idea de que las personas en realidad son egoístas, no me dejaba vivir las relaciones sociales como algo natural, como algo donde simplemente pasan cosas buenas y cosas malas y ya está, que es como es la vida. Y creo que ese miedo tiene un origen muy concreto: mi madre nunca se ha sentido importante para la gente, siempre se ha sentido apartada, siempre ha sentido que cada uno va a lo suyo y de que ella tiene que molestar lo menos posible a los demás. Ella nunca ha tenido, un grupo social propio, amigas con quienes compartir su vida. Creo que nunca se ha sentido lo suficientemente importante para tener el privilegio de sentirse que la puedan querer y le pueden tener en estima. Solamente se apoyaba en mi padre, que era el que cubría todas aquellas necesidades de gestionar conflictos, de gestionar todas aquellas tareas que implicasen algun problema o situación que incluyesen ese componente social. Y creo que yo, que de alguna manera he heredado esa misma necesidad de tener a alguien que sostuviera mi vida, igual que mi madre necesitaba a mi padre, un apoyo, una especie de seguro, de protección cuando me he sentí más necesitado.
Y eso fue, cuando llegó el trauma, a los dieciséis años, donde por una humillación y miedo a ello que me produjeron los que eran mi grupo de amigos de aquel entonces, me quedé en casa sin salir, y eso se convirtió en mi nueva normalidad. Lo más significativo es que a nadie en casa le pareció una señal de alarma, cuando en realidad un chaval de esa edad que deja de salir de casa por completo y no hace nada más que… estar, es exactamente eso: una alarma. Pero como en casa no se le daba esa importancia a lo emocional, nadie dijo nada, y yo aprendí junto con ese miedo a la humillación de volver a salir, la sensación de que todo lo malo ocurre porque al fin y al cabo, cada uno va a lo suyo y nadie somos importantes realmente para el otro, solamente buscamos la mejor manera de estar bien uno consigo mismo.
Y aquí está lo que más me cuesta entender todavía: en vez de aprender a defenderme a mí mismo cuando se metieron conmigo, en vez de darme valor por mí mismo frente a ese miedo, elegí quedarme callado, sufrir yo en silencio, y dejar que los demás siguieran su vida sin que les afectara nada. No sé todavía por qué le di tanta importancia a esa humillación concreta y por qué se quedó grabada de esa manera tan profunda, pero sé que a partir de ahí empecé a necesitar a alguien externo que me validara, aun sabiendo que esa persona no existe porque, no soy tan importante para nadie para que me defienda y en que no confiaba en poder validarme yo solo.
Pero he llegado a una conclusión que creo que es la más importante de todas: el mundo es como tú lo veas.
Yo antes de todo este trauma y a pesar de tener mis miedos, si me sentía de alguna manera importante para el mundo y para mi mismo, lo que me permitía disfrutar de lo que es la vida, con sus buenos y malos momentos. Después, mi chip cambió y ya no pude sentirme imporrtante y si como que el mundo es un lugar hostil para mi forma de sentirme importante.
Es decir, el mundo no es de una manera o de otra, simplemente si crees que puedes conectar con la gente, vas a conectar con la gente. Si crees que eso no es posible, no lo será. No es que el mundo sea objetivamente hostil o objetivamente egoísta: es que yo aprendí a mirarlo así, desde muy pequeño, a través de los ojos de mi madre y de su propio miedo, y luego el trauma confirmó esa mirada y la volvió mucho más fuerte. Pero si esa mirada se aprendió, también se puede desaprender. Y ese es exactamente el trabajo que tengo por delante ahora.